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PABLO PALACIO
Pablo Palacio
(1906/1947) narrador,
ensayista, abogado y profesor de filosofía, Pablo
Palacio nació en Loja, Ecuador el 25 de enero de
1906. Hijo de Angelina Palacios y Agustín Costa
(su padre no lo reconoció), integraba una
empobrecida familia de abolengo.
Una caída
accidental ocurrida en su Loja natal le produjo 77
heridas en la cabeza. Se especula que su dolencia
final pudo tener relación con este episodio.
A la muerte de su
madre, hecho del que toma conocimiento al ver
pasar el cortejo fúnebre, un tío se hace cargo de
él y costea sus estudios.
En la revista del
colegio (Iniciación), publica su primer
poema, Ojos Negros. En 1921 con El
huerfanito (cuento autobiográfico) recibe una
mención en los Juegos Florales de Loja.
Se casó en 1937 con
la destacada actriz Carmita Palacios.
Su vida y obra han
sido breves. La militancia en el socialismo, su
postura anticonvencional y la demencia final han
oscurecido injustamente su obra, rescatada luego
merced a estudios críticos y un revisionismo
desapasionado.
Fundador de la
vanguardia en su país y alejado de la generación
del 30 ecuatoriana (Jorge Icaza, Demetrio Aguilera
Malta) que había implantado el canon
social-realista sobre el eje del indigenismo, la
breve obra de Palacios fue una incómoda excepción
que el tiempo se encargó de aclarar.
Su obra opta por la
originalidad formal, la parodia y lo extravagante.
La marginalidad y lo monstruoso es utilizado como
un arma de la vanguardia. Emparentado
literariamente con Macedonio Fernandez y Gomez de
la Serna, muchos relatos ofrecen el desconcierto
irónico de la falta de personaje y aún de
argumento, creando lo que se ha dado en llamar la
“antinovela”.
Su breve producción
ha sido incluida en diversas antologías y se
integra por cuentos, novelas y teatro: Un nuevo
caso de menage a trois (Quito, 1925) dada a
conocer como parte de la novela Ojeras de
virgen cuyos originales se extraviaron;
Débora (Novela, 1927); Vida del ahorcado
(Novela, 1932); Un hombre muerto a puntapiés
(Relatos, 1927); Teatro: Comedia inmortal
(Quito, 1926); Ensayo: Heráclito de Efeso
(1935) y Breve esquema genético de la
dialéctica (1938).
En 1939 manifiesta
los primeros síntomas de su enfermedad, pérdida de
la memoria y del sentido de la realidad. Siete
años duraría su padecimiento hasta que el 7 de
enero de 1947 muere en una clínica siquiátrica de
Guayaquil.
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UN HOMBRE MUERTO A PUNTAPIÉS |
¿Cómo echar al canasto
los
palpitantes acontecimientos callejeros?
Esclarecer la verdad es acción moralizadora.
El Comercio de Quito
"Anoche, a las doce y
media próximamente, el Celador de Policía No.451, que
hacía el servicio de esa zona, encontró, entre las
calles Escobedo y García, a un individuo de apellido
Ramírez casi en completo estado de postración. El
desgraciado sangraba abundantemente por la nariz, e
interrogado que fue por el señor Celador dijo haber
sido víctima de una agresión de parte de unos
individuos a quienes no conocía, sólo por haberles
pedido un cigarrillo. El Celador invitó al agredido a
que le acompañara a la Comisaría de turno con el
objeto de que prestara las declaraciones necesarias
para el esclarecimiento del hecho, a lo que Ramírez se
negó rotundamente. Entonces, el primero, en
cumplimiento de su deber, solicitó ayuda de uno de los
choferes de la estación más cercana de autos y condujo
al herido a la Policía, donde, a pesar de las
atenciones del médico, doctor Ciro Benavides, falleció
después de pocas horas.
"Esta mañana, el señor
Comisario de la 6a. ha practicado las diligencias
convenientes; pero no ha logrado descubrirse nada
acerca de los asesinos ni de la procedencia de
Ramírez. Lo único que pudo saberse, por un dato
accidental, es que el difunto era vicioso.
"Procuraremos tener a
nuestros lectores al corriente de cuanto se sepa a
propósito de este misterioso hecho." No decía más la
crónica roja del Diario de la Tarde.
Yo no sé en qué estado de
ánimo me encontraba entonces. Lo cierto es que reí a
satisfacción. ¡Un hombre muerto a puntapiés! Era lo
más gracioso, lo más hilarante de cuanto para mí podía
suceder. Esperé hasta el otro día en que hojeé
anhelosamente el Diario, pero acerca de mi hombre no
había una línea. Al siguiente tampoco. Creo que
después de diez días nadie se acordaba de lo ocurrido
entre Escobedo y García.
Pero a mí llegó a
obsesionarme. Me perseguía por todas partes la frase
hilarante: ¡Un hombre muerto a puntapiés! Y todas las
letras danzaban ante mis ojos tan alegremente que
resolví al fin reconstruir la escena callejera o
penetrar, por lo menos, en el misterio de por qué se
mataba a un ciudadano de manera tan ridícula.
Caramba, yo hubiera
querido hacer un estudio experimental; pero he visto
en los libros que tales estudios tratan sólo de
investigar el cómo de las cosas; y entre mi primera
idea, que era ésta, de reconstrucción, y la que
averigua las razones que movieron a unos individuos a
atacar a otro a puntapiés, más original y beneficiosa
para la especie humana me pareció la segunda. Bueno,
el por qué de las cosas dicen que es algo incumbente a
la filosofía, y en verdad nunca supe qué de filosófico
iban a tener mis investigaciones, además de que todo
lo que lleva humos de aquella palabra me anonada. Con
todo, entre miedoso y desalentado, encendí mi pipa.
Esto es esencial, muy esencial.
La primera cuestión que
surge ante los que se enlodan en estos trabajitos es
la del método. Esto lo saben al dedillo los
estudiantes de la Universidad, los de los Normales,
los de los Colegios y en general todos los que van
para personas de provecho. Hay dos métodos: la
deducción y la inducción (véase Aristóteles y Bacon).
El primero, la deducción me pareció que no me
interesaría. Me han dicho que la deducción es un modo
de investigar que parte de lo más conocido a lo menos
conocido. Buen método: lo confieso. Pero yo sabía muy
poco del asunto y había que pasar la hoja. La
inducción es algo maravilloso. Parte de lo menos
conocido a lo más conocido... ¿Cómo es? No lo recuerdo
bien... En fin, ¿quién es el que sabe de estas cosas?)
Si he dicho bien, este es el método por excelencia.
Cuando se sabe poco, hay que inducir. Induzca, joven.
Ya resuelto, encendida la
pipa y con la formidable arma de la inducción en la
mano, me quedé irresoluto, sin saber qué hacer.
—Bueno, y ¿cómo aplico
este método maravilloso? —me pregunté.
¡Lo que tiene no haber
estudiado a fondo la lógica! Me iba a quedar ignorante
en el famoso asunto de las calles Escobedo y García
sólo por la maldita ociosidad de los primeros años.
Desalentado, tomé el
Diario de la Tarde, de fecha 13 de enero —no había
apartado nunca de mi mesa el aciago Diario— y dando
vigorosos chupetones a mi encendida y bien culotada
pipa, volví a leer la crónica roja arriba copiada.
Hube de fruncir el ceño como todo hombre de estudio
—¡una honda línea en el entrecejo es señal inequívoca
de atención!
Leyendo, leyendo, hubo un
momento en que me quedé casi deslumbrado.
Especialmente en el
penúltimo párrafo, aquello de "Esta mañana, el señor
Comisario de la 6a...." fue lo que más me maravilló.
La frase última hizo brillar mis ojos: "Lo único que
pudo saberse, por un dato accidental, es que el
difunto era vicioso." Y yo, por una fuerza secreta de
intuición, que Ud. no puede comprender, leí así: ERA
VICIOSO, con letras prodigiosamente grandes.
Creo que fue una
revelación de Astartea. El único punto que me importó
desde entonces fue comprobar qué clase de vicio tenía
el difunto Ramírez. Intuitivamente había descubierto
que era... No, no lo digo para no enemistar su memoria
con las señoras...
Y lo que sabía
intuitivamente era preciso lo verificara con
razonamientos, y si era posible, con pruebas.
Para esto, me dirigí donde el señor Comisario de la
6a. quien podía darme los datos reveladores. La
autoridad policial no había logrado aclarar nada. Casi
no acierta a comprender lo que yo quería. Después de
largas explicaciones me dijo, rascándose la frente:
—¡Ah!, sí... El asunto ese
de un tal Ramírez... Mire que ya nos habíamos
desalentado... ¡Estaba tan oscura la cosa! Pero, tome
asiento; por qué no se sienta señor... Como Ud. tal
vez sepa ya, lo trajeron a eso de la una y después de
unas dos horas falleció... el pobre. Se le hizo tomar
dos fotografías, por un caso... algún deudo... ¿Es Ud.
pariente del señor Ramírez? Le doy el pésame... mi más
sincero...
—No, señor —dije yo
indignado—, ni siquiera le he conocido. Soy un hombre
que se interesa por la justicia y nada más...
Y me sonreí por lo bajo.
¡Qué frase tan intencionada! ¿Ah? "Soy un hombre que
se interesa por la justicia." ¡Cómo se atormentaría el
señor Comisario! Para no cohibirle más, apresureme:
—Ha dicho usted que tenía
dos fotografías. Si pudiera verlas...
El digno funcionario tiró
de un cajón de su escritorio y revolvió algunos
papeles. Luego abrió otro y revolvió otros papeles. En
un tercero, ya muy acalorado, encontró al fin.
Y se portó muy culto:
—Usted se interesa por el
asunto. Llévelas nomás caballero... Eso sí, con cargo
de devolución —me dijo, moviendo de arriba a abajo la
cabeza al pronunciar las últimas palabras y
enseñándome gozosamente sus dientes amarillos.
Agradecí infinitamente,
guardándome las fotografías.
—Y dígame usted, señor
Comisario, ¿no podría recordar alguna seña particular
del difunto, algún dato que pudiera revelar algo?
—Una seña particular... un
dato... No, no. Pues, era un hombre completamente
vulgar. Así más o menos de mi estatura —el Comisario
era un poco alto—; grueso y de carnes flojas. Pero una
seña particular... no... al menos que yo recuerde...
Como el señor Comisario no
sabía decirme más, salí, agradeciéndole de nuevo.
Me dirigí presuroso a mi
casa; me encerré en el estudio; encendí mi pipa y
saqué las fotografías, que con aquel dato del
periódico eran preciosos documentos.
Estaba seguro de no poder
conseguir otros y mi resolución fue trabajar con lo
que la fortuna había puesto a mi alcance.
Lo primero es estudiar al
hombre, me dije. Y puse manos a la obra. Miré y remiré
las fotografías, una por una, haciendo de ellas un
estudio completo. Las acercaba a mis ojos; las
separaba, alargando la mano; procuraba descubrir sus
misterios.
Hasta que al fin, tanto
tenerlas ante mí, llegué a aprenderme de memoria el
más escondido rasgo.
Esa protuberancia fuera de
la frente; esa larga y extraña nariz ¡que se parece
tanto a un tapón de cristal que cubre la poma de agua
de mi fonda!, esos bigotes largos y caídos; esa
barbilla en punta; ese cabello lacio y alborotado.
Cogí un papel, trace las
líneas que componen la cara del difunto Ramírez.
Luego, cuando el dibujo estuvo concluido, noté que
faltaba algo; que lo que tenía ante mis ojos no era
él; que se me había ido un detalle complementario e
indispensable... ¡Ya! Tomé de nuevo la pluma y
completé el busto, un magnífico busto que de ser de
yeso figuraría sin desentono en alguna Academia. Busto
cuyo pecho tiene algo de mujer.
Después... después me
ensañé contra él. ¡Le puse una aureola! Aureola que se
pega al cráneo con un clavito, así como en las
iglesias se las pegan a las efigies de los santos.
¡Magnífica figura hacía el
difunto Ramírez!
Mas, ¿a qué viene esto? Yo
trataba... trataba de saber por qué lo mataron; sí,
por qué lo mataron... Entonces confeccioné las
siguientes lógicas conclusiones:
El difunto Ramírez se
llamaba Octavio Ramírez (un individuo con la nariz del
difunto no puede llamarse de otra manera);
Octavio Ramírez tenía
cuarenta y dos años; Octavio Ramírez andaba escaso de
dinero; Octavio Ramírez iba mal vestido; y, por
último, nuestro difunto era extranjero.
Con estos preciosos datos,
quedaba reconstruida totalmente su personalidad. Sólo
faltaba, pues, aquello del motivo que para mí iba
teniendo cada vez más caracteres de evidencia. La
intuición me lo revelaba todo. Lo único que tenía que
hacer era, por un puntillo de honradez, descartar
todas las demás posibilidades. Lo primero, lo
declarado por él, la cuestión del cigarrillo, no se
debía siquiera meditar. Es absolutamente absurdo que
se victime de manera tan infame a un individuo por una
futileza tal. Había mentido, había disfrazado la
verdad; más aún, asesinado la verdad, y lo había dicho
porque lo otro no quería, no podía decirlo.
¿Estaría beodo el difunto
Ramírez? No, esto no puede ser, porque lo habrían
advertido enseguida en la Policía y el dato del
periódico habría sido terminante, como para no tener
dudas, o, si no constó por descuido del reportero, el
señor Comisario me lo habría revelado, sin vacilación
alguna.
¿Qué otro vicio podía
tener el infeliz victimado? Porque de ser vicioso, lo
fue; esto nadie podrá negármelo. Lo prueba su
empecinamiento en no querer declarar las razones de la
agresión. Cualquier otra causal podía ser expuesta sin
sonrojo. Por ejemplo, ¿qué de vergonzoso tendrían
estas confesiones?:
"Un individuo engañó a mi
hija; lo encontré esta noche en la calle; me cegué de
ira; le traté de canalla, me le lancé al cuello, y él,
ayudado por sus amigos, me ha puesto en este estado" o
"Mi mujer me traicionó con
un hombre a quien traté de matar; pero él, más fuerte
que yo, la emprendió a furiosos puntapiés contra mí" o
"Tuve unos líos con una
comadre y su marido, por vengarse, me atacó
cobardemente con sus amigos".
Si algo de esto hubiera
dicho a nadie extrañaría el suceso.
También era muy fácil
declarar:
"Tuvimos una reyerta."
Pero estoy perdiendo el
tiempo, que estas hipótesis las tengo por
insostenibles: en los dos primeros casos, hubieran
dicho algo ya los deudos del desgraciado; en el
tercero su confesión habría sido inevitable, porque
aquello resultaba demasiado honroso; en el cuarto,
también lo habríamos sabido ya, pues animado por la
venganza habría delatado hasta los nombres de los
agresores.
Nada, que a lo que a mí se
me había metido por la honda línea del entrecejo era
lo evidente. Ya no caben más razonamientos. En
consecuencia, reuniendo todas las conclusiones hechas,
he reconstruido, en resumen, la aventura trágica
ocurrida entre Escobedo y García, en estos términos:
Octavio Ramírez, un
individuo de nacionalidad desconocida, de cuarenta y
dos años de edad y apariencia mediocre, habitaba en un
modesto hotel de arrabal hasta el día 12 de enero de
este año.
Parece que el tal Ramírez
vivía de sus rentas, muy escasas por cierto, no
permitiéndose gastos excesivos, ni aun
extraordinarios, especialmente con mujeres. Había
tenido desde pequeño una desviación de sus instintos,
que lo depravaron en lo sucesivo, hasta que, por un
impulso fatal, hubo de terminar con el trágico fin que
lamentamos.
Para mayor claridad se
hace constar que este individuo había llegado sólo
unos días antes a la ciudad teatro del suceso.
La noche del 12 de enero,
mientras comía en una oscura fonducha, sintió una ya
conocida desazón que fue molestándole más y más. A las
ocho, cuando salía, le agitaban todos los tormentos
del deseo. En una ciudad extraña para él, la
dificultad de satisfacerlo, por el desconocimiento que
de ella tenía, le azuzaba poderosamente. Anduvo casi
desesperado, durante dos horas, por las calles
céntricas, fijando anhelosamente sus ojos brillantes
sobre las espaldas de los hombres que encontraba; los
seguía de cerca, procurando aprovechar cualquiera
oportunidad, aunque receloso de sufrir un desaire.
Hacia las once sintió una
inmensa tortura. Le temblaba el cuerpo y sentía en los
ojos un vacío doloroso.
Considerando inútil el
trotar por las calles concurridas, se desvió
lentamente hacia los arrabales, siempre regresando a
ver a los transeúntes, saludando con voz temblorosa,
deteniéndose a trechos sin saber qué hacer, como los
mendigos.
Al llegar a la calle
Escobedo ya no podía más. Le daban deseos de arrojarse
sobre el primer hombre que pasara. Lloriquear,
quejarse lastimeramente, hablarle de sus torturas...
Oyó, a lo lejos, pasos
acompasados; el corazón le palpitó con violencia;
arrimose al muro de una casa y esperó. A los pocos
instantes el recio cuerpo de un obrero llenaba casi la
acera. Ramírez se había puesto pálido; con todo,
cuando aquel estuvo cerca, extendió el brazo y le tocó
el codo. El obrero se regresó bruscamente y lo miró.
Ramírez intentó una sonrisa melosa, de proxeneta
hambrienta abandonada en el arroyo. El otro soltó una
carcajada y una palabra sucia; después siguió andando
lentamente, haciendo sonar fuerte sobre las piedras
los tacos anchos de sus zapatos. Después de una media
hora apareció otro hombre. El desgraciado, todo
tembloroso, se atrevió a dirigirle una galantería que
contestó el transeúnte con un vigoroso empellón.
Ramírez tuvo miedo y se alejó rápidamente.
Entonces, después de andar
dos cuadras, se encontró en la calle García.
Desfalleciente, con la boca seca, miró a uno y otro
lado. A poca distancia y con paso apresurado iba un
muchacho de catorce años. Lo siguió.
—¡Pst! ¡Pst! El muchacho
se detuvo.
—Hola rico... ¿Qué haces
por aquí a estas horas?
—Me voy a mi casa... ¿Qué
quiere?
—Nada, nada... Pero no te
vayas tan pronto, hermoso...
Y lo cogió del brazo.
El muchacho hizo un
esfuerzo para separarse.
—¡Déjeme! Ya le digo que
me voy a mi casa.

Y quiso correr. Pero Ramírez dio un salto y lo abrazó.
Entonces el galopín, asustado, llamó gritando:
—¡Papá! ¡Papá!
Casi en el mismo instante,
y a pocos metros de distancia, se abrió bruscamente
una claridad sobre la calle. Apareció un hombre de
alta estatura. Era el obrero que había pasado antes
por Escobedo.
Al ver a Ramírez se arrojó sobre él. Nuestro pobre
hombre se quedó mirándolo, con ojos tan grandes y
fijos como platos, tembloroso y mudo.
—¿Que quiere usted, so
sucio?
Y le asestó un furioso
puntapié en el estómago. Octavio Ramírez se desplomó,
con un largo hipo doloroso.
Epaminondas, así debió llamarse el obrero, al ver en
tierra a aquel pícaro, consideró que era muy poco
castigo un puntapié, y le propinó dos más, espléndidos
y maravillosos en el género, sobre la larga nariz que
le provocaba como una salchicha.
¡Cómo debieron sonar esos
maravillosos puntapiés!
Como el aplastarse de una
naranja, arrojada vigorosamente sobre un muro; como el
caer de un paraguas cuyas varillas chocan
estremeciéndose; como el romperse de una nuez entre
los dedos; ¡o mejor como el encuentro de otra recia
suela de zapato contra otra nariz!
Así:
¡Chaj!
con un gran espacio
sabroso.
¡Chaj!
Y después: ¡cómo se
encarnizaría Epaminondas, agitado por el instinto de
perversidad que hace que los asesinos acribillen sus
víctimas a puñaladas! ¡Ese instinto que presiona
algunos dedos inocentes cada vez más, por puro juego,
sobre los cuellos de los amigos hasta que queden
amoratados y con los ojos encendidos!
¡Cómo batiría la suela del
zapato de Epaminondas sobre la nariz de Octavio
Ramírez!
¡Chaj!
¡Chaj! vertiginosamente,
¡Chaj!
en
tanto que mil lucecitas, como agujas, cosían las
tinieblas.
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